Potosí, la ciudad más alta del mundo

Hay una línea muy fina que separa el cantar en Eurovisión de hacerlo en una despedida de soltera. Y también otra que divide el sentido de la aventura de la estupidez absoluta. En Bolivia, nos movemos cada día en el umbral de esta última. A veces, no te queda más remedio, como en un viaje en autobús. Y aquí, los conductores de autobús son menos fiables que esa gente que se ríe con hache, ya que en más de una ocasión me han entrado ganas de levantarme en pleno trayecto y gritar: ”¡VAMOS A MORIR TODOS!”. Pero, siempre tengo la impresión de que los demás pasajeros toleran la convivencia con las carreteras de montaña y los conductores suicidas mucho mejor que yo.

Convenimos que lo mejor sería dejar de mirar. A partir de ahora, viajaríamos siempre de noche, una decisión a todas luces sensata ya que así evitábamos apreciar a) el lamentable estado de las carreteras (véase Los Yungas) y  b) la salud mental de los conductores. Si hubiese tenido elección también habría dormido durante el trayecto, pero descanso y autobús son términos del todo incompatibles. Por increíble que parezca, siempre hay un saliente que te impide apoyar la espalda en cualquier ventanilla. No obstante, la jugada no nos salió del todo mal y, doce horas y alguna filigrana después, comparecimos con las costillas ilesas en Potosí, la ciudad más alta del planeta.

Aquí, confirmamos lo que veníamos sospechando desde hacía días atrás: los bolivianos suelen ser personas muy amables pero bastante reservadas. Recorriendo Bolivia nos sentimos como quién recorre la terminal de algún aeropuerto importante: convivimos con una multitud de personas, cada una con su historia e intriga personal, que se van cruzando en nuestro camino sin importarle lo más mínimo nuestra presencia.

Casco antiguo Potosí

Catedral de Potosí

comida callejera Bolivia

Villa colonial

En el Potosí actual ya no se vislumbra la grandeza de la que, a comienzos del siglo XVII, fue una de las ciudades más admiradas del imperio español, cuando superaba en número de habitantes a las principales ciudades ibéricas e igualaba en tamaño al París o el Londres de la época. Ahora, aunque sigue siendo una ciudad atractiva, tan sólo queda un vago recuerdo de la riqueza perdida. El casco antiguo, sus plazas, tabernas y mercados son irresistibles para cualquier foráneo, pero la realidad es que el grueso de la población vive de la minería, en condiciones dramáticas.

A pesar de que los colonos españoles se llevaron casi toda la plata de las minas, hoy en día se siguen extrayendo del cerro otros minerales como el estaño y el zinc. Además, es la principal atracción turística de la ciudad. La visita a la mina despertó una gran controversia entre nosotros ya que, mientras Ángela quería meterse en ella de forma irrefrenable, la verdad es que a mí la idea no me hacía demasiada gracia. Decía Napoleón que ”las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”. Obviamente, traté de largarme pero, ¿a dónde iba a ir?. Al final, no me quedó más remedio que ceder. Un día más en Bolivia bailando sobre el precipicio.

Zona histórica Potosí

Portón ciudad vieja

Edificios históricos

Grafitti callejero
Por el casco histórico abundan las declaraciones de amor; algunas de ellas en lugares poco afortunados

Lugareña a la sombra

El día comenzó a torcerse pronto. Había dejado escapar la ocasión de darme un homenaje en un buffet de desayuno y aquello me parecía impropio de una persona respetable. Estábamos en la ciudad más alta del mundo, con las dificultades lógicas que conlleva respirar, e íbamos a bajar unos quince metros bajo tierra dentro de un lugar sin ningún tipo de ventilación. La persona que nos iba a guiar por dicho lugar era un chico de 26 años que se presentó ante nosotros mostrándonos ”el auténtico desayuno minero”. A saber: hoja de coca, bicarbonato de sodio, alcohol etílico, cigarrillos y dinamita. Vamos, todo lo necesario para una fiesta antológica.

El primer trago de alcohol etílico lo hizo para ”mostrarnos la cruda realidad en el día a día del minero boliviano”. Y así hasta cuatro veces, cuando caí en la cuenta de que, probablemente, su realidad era otra bien distinta. A todo esto, no eran ni las diez de la mañana. Permanecí callado, dedicando miradas libertinas hacia Ángela y atusándome la barba como imaginé que habría hecho Napoleón en mi lugar.

Una vez dentro, las cosas se pusieron feas. Bajamos y bajamos, arrastrándonos por túneles de apenas medio metro de alto por dos de ancho. Dos personas dieron media vuelta cuando no llevábamos ni un minuto descendiendo. Otras dos, cuando apenas habían pasado cinco. Las escaleras que conectaban las distintas galerías eran del tipo que un niño de ocho años construiría para su casa del árbol. Tenía unas dificultades enormes para tocarme la barba en aquella situación, pero me aseguraba de que Ángela viese toda la aventura y el polvo que cabían en mis ojos.

Cerro Rico Potosí
Vista panorámica de la ciudad de Potosí, con la silueta del Cerro Rico de fondo

Silver Tours Potosí

Entrada Cerro Rico

Finalmente, en el segundo nivel, conseguimos ponernos en pie. ¡BOOM! ¡BOOM! Sentimos dos explosiones que venían desde dentro de la mina. ”Tranquilos, es dinamita, está todo controlado” apuntó el guía al tiempo que encendía su tercer cigarrillo. No las tenía todas conmigo, ¿controlado? ¿por quién? Llegamos, temblando y con la lengua fuera, a uno de los túneles del siglo XVII declarados por la UNESCO patrimonio histórico de la ciudad. ”Si una sola de estas piedras se desmorona, todo el lugar se viene abajo” escuché. Me acordé entonces de Arturo Bandini, espetándole a uno de sus primeros jefes, mientras renunciaba: ”Desde mi punto de vista, es usted un hijo de puta”. Me mordí la lengua, aunque pregunté como salir de allí ipso facto. 

Cuando por fin estuvimos de vuelta en la superficie, en el ambiente se percibía un alivio generalizado. Nadie parecía tener miedo en la mina pero, casualmente, como cuando un avión de Ryanair consigue aterrizar, todo el mundo rompió a aplaudir.

En cuanto a mí, acabo de ver el reloj, son las cuatro de la mañana y aún no he conseguido dormirme. Y, tengo la sospecha, de que también hay una línea muy fina que separa el insomnio de colgarse con una soga en el salón. Porque a mi parecer, el insomnio solo es estético en el cine indie. Y, en fin, esto no es una película y ya es un poco tarde para más estupideces.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Loli lopez dice:

    Bueno esty leyendo y no doy crédito x lo k vais pasando . Seguro k queda en VUESTRA retinas para la vida . Largo viaje de rosas y espinas .me da k mas de espinas . Deseamos k vuestra aventura siga con buen pie . Un abrazo os queremos …

    Me gusta

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