Venecia con niños (nada está escrito)

Una de esas películas a las que siempre vuelvo es El show de Truman. No necesita mucho para demostrar que es especial: basta un minuto de metraje para notar que hay algo diferente. Es de esas historias que crecen con cada visionado, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones. La actitud de Jim Carrey durante el comienzo es la actitud que muchos viajeros adoptan cuando llegan a alguna ciudad nueva; pero si viajas a Venecia con niños, o simplemente si viajas con niños, esa conducta es pura ciencia ficción.

Porque como Carrey, esas personas también siguen un plan rutinario, diseñado al milímetro: un paseo en góndola por el Gran Canal; la foto de rigor en el puente de Rialto; entrada a la Basílica de San Marcos; el Palacio Ducal y el puente de los suspiros; la excursión a la cercana Murano… Y así hasta agotar la lista. No hay margen para lo imprevisto, ni lugar para dejarse sorprender. Todos hemos caído alguna vez en esa trampa. Con el tiempo, descubres que no es necesario verlo todo, y que a menudo lo más valioso no está en los lugares imperdibles del mapa, sino en el trayecto que hay entre ellos.

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Tres principios de branding (para Venecia y para la vida): 1) Lo clásico nunca muere
Canales Cannaregio
2) Lo que defiendes es más importante que lo que vendes
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3) La autenticidad habla y vende por sí misma

Hay circunstancias que son especialmente crueles en algunas ciudades. Sobre todo con las que te gustan. A mí me ocurre con Venecia. Las ciudades que nos gustan las queremos relucientes, tal y como las imaginamos. Pero, a veces, el hechizo se rompe. Son como un jarrón de porcelana reparado con polvo de oro mediante la técnica del kintsugi: hermoso, sí, pero con una grieta que no todos pueden ignorar. Y esas fisuras, aunque discretas, se vuelven imposibles de olvidar.

Hace poco, en el documental El partido del siglo, escuché a John McEnroe decir que llevaba 25 años intentando recrearse en sus victorias en lugar de torturarse por sus derrotas. Me sucede algo parecido con Venecia. Los defectos los conocemos bien: la cantidad exagerada de turistas que convierte cada calle del centro en la playa de Copacabana en hora punta; la ausencia de negocios normales y la falta de autenticidad que generan; la pérdida de población a un ritmo frenético; y por supuesto el sobreprecio de todo lo que puedas imaginar, desde el coperto en un restaurante hasta un corto trayecto en vaporetto.

Pero aún así, Venecia es una postal en movimiento, una obra de arte que sigue desafiando el paso del tiempo. Porque es una ciudad completamente despreocupada por modernizarse o por seguir el ritmo del mundo: su mayor desafío consiste simplemente en mantenerse en pie.

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Venecia con niños; muchos puentes, sí, pero ¿y todo lo demás?
Venecia con niños
Alejado de las multitudes, el Cannaregio es el barrio al que siempre volvemos

Como decía, planificar algo al viajar a Venecia con un bebé y una niña de tres años es, sencillamente, una estupidez. Todo parece ir bien, pero en cuanto nos bajamos en la estación de tren de Santa Lucía, la realidad comienza a tomar otro rumbo. Los planes se desvanecen entre la humedad. La ciudad nos empuja a dejar que la historia se desarrolle por sí misma. A los diez minutos de llegar piensas en escribir una carta a los dogos para que legislen a favor de los carritos en los puentes. Y al cabo de un rato te entran unas ganas muy grandes de tirarte al agua y no salir hasta que vayan a la universidad.

Pero de repente te encuentras caminando por callejones que parecen no tener salida, y descubres pequeñas plazas (aquí se llaman campos) y rincones tan idílicos que parecen diseñados para perderse en los reflejos del agua. Llegamos al barrio del Cannaregio, es invierno pero hace sol. Nos sentamos junto a un canal al lado de la iglesia de los jesuitas. Y entonces sucedió.

De repente, el cosmos se ajusta al ritmo inverosímil de nuestros hijos. Ángela y Valentina se fundían en un abrazo reparador. Roman miraba hipnotizado el agua. Dos vecinos se deseaban buon natale. Una embarcación pasaba por debajo del puente. Quise decir algo, pero no supe. No sé cuánto tiempo estuvimos allí. No mucho, supongo. Pero los esfuerzos, las renuncias y el cansancio tuvieron sentido en ese momento.

Góndola paseo
A vista de góndola, la ciudad parece un cuadro que respira

Viajar a Venecia con niños puede resultar incómodo, esto es indiscutible. Te obliga a ralentizar, a aceptar el caos establecido, pero a cambio te regala momentos extraordinarios. Por mucho que se haya viajado, por más que se haya visto, impresiona poderosamente. Aquí se viene como se vive, sin promesas ni garantías, pero con la certeza de que, al final, siempre merece la pena.

Conviene tenerlo presente: nada está escrito. Cuando alguien te insinúa que no estás hecho para ese trabajo. Cuando aseguran que ciertos riesgos están condenados al fracaso. Cuando te dicen que ya es demasiado tarde para aprender algo nuevo. Cuando parece que los mapas ya no tienen más caminos. Cuando te quieran convencer de que no es buena idea ir a Venecia con niños.

Porque al final, en un viaje, como en las mejores películas, la recompensa suele aparecer cuando te sales del guion.

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