Hay momentos que conviene saber manejar. Ludovic Giuly fue durante un tiempo uno de mis jugadores favoritos únicamente porque tenía una valoración de 93 con el Mónaco en el PC Fútbol. Pero nunca le había visto jugar. Unos años después, cuando fichó por el Barça, estaba seguro de que traíamos a un gigante, aunque aquel francés midiese solo 1,64 m. Lo sentí como un triunfo personal. Algo parecido ocurre cada vez que recomiendo a alguien acercarse a las playas da Illa de Arousa, en Pontevedra.
Aunque muchas veces romanticemos la infancia, ser niño también tenía sus aristas. Era ineludible, por ejemplo, pasar las vacaciones de verano con tus padres. Y las vacaciones, salvo que un meteorito se estampase contra La Tierra, eran siempre en el mismo sitio: la playa. Esos días tenían más sentido si se disfrutaban en algún paraje remoto, tan lejos de casa que podías imaginar que vivías una vida paralela. No puede decirse que a Illa de Arousa estuviese realmente muy apartado de mi casa, pero era -y sigue siendo- un lugar indómito.



A Illa de Arousa, la mayor en tamaño y población de toda Galicia, está rodeada por un ejército de bateas y, como no podía ser menos en las Rías Baixas, es un festival gastronómico. Las formaciones rocosas de la costa están repletas de mejillones y las playas de arena finísima, milagrosamente vacías, viven custodiadas por dunas y densos bosques de pinos. El agua tiene aspecto mediterráneo, pero su temperatura te sitúa pronto en el mapa; hay que tener cierto espíritu aventurero para darse un baño.
De aquellos lejanos días de sol en Illa de Arousa, todos mis recuerdos están en la playa. Por lo demás, solo había aburrimiento. Mi anhelo era siempre el siguiente día de playa, porque era lo más decente que podías hacer con tus padres. Pero basta que quieras que algo pase enseguida para que se ralentice; veía pasar en un PowerPoint todo aquel tiempo que jamás recuperaría. Y, después de dos semanas de idas y venidas, la playa me parecía lo máximo, me parecía incluso exótica. A pesar de que vivía a escasos minutos del mar, aquel paisaje se tatuó para siempre en mi memoria.
En un momento dado las vacaciones se terminaron y volvimos al coche, primero, y a casa, después. Nunca volví con mis padres, inexplicablemente. Pero desde hace unos años, cada verano vuelvo con Ángela. Es nuestro refugio, el que nunca defrauda. Confieso que me da pánico que algún día expongan públicamente las cosas que he estado buscando en Google a lo largo de mi vida. También que a Illa de Arousa se convierta en un fenómeno de masas y muera de éxito, como pasó con las Cíes, Los Simpson o Coldplay.



De un tiempo a esta parte, me cabreo a menudo en el cine. No por lo que voy a ver, sino por los trailers de otras películas que pasan previamente. Creo que condensar toda la trama de cualquier largometraje en dos minutos hace que pierda completamente el interés por verlo, porque ya me lo han destripado todo, incluidos los giros argumentales. Ocurre que ya no eres un niño, cuando ibas al cine sin saber absolutamente nada de las películas. Se disfrutaban mucho más. Lo mismo sucede con los lugares a los que viajas.
Porque somos los nuevos ricos de la información. Queremos saberlo todo, hemos desarrollado una intolerancia total a la casualidad, a lo espontáneo. Lo pienso a veces ahora, que puedo ver prácticamente todas las películas que me apetezca, y a menudo no me apetece ver ninguna. Lo pienso a veces ahora, cuando busco vídeos en YouTube de futbolistas que no han cumplido los doce años. Lo pienso a veces ahora, al ir a la playa, y me sorprendo a mí mismo recabando información sobre el estado del mar, por dónde sopla el viento o si alguna vez se ha visto un siluro gigante.
A lo mejor vivimos saturados de todo. A lo mejor tenerlo todo, saberlo todo, nos impide idealizar, la primera condición esencial para poder engendrar mitos. Y del mismo modo que nunca supimos qué había dentro del misterioso maletín de ‘Pulp Fiction’, en muchas situaciones no pasa nada por tener una visión parcial.
Nos toca a nosotros imaginar el resto.