Estoy a dos capítulos de la Patrulla Canina de salir a la calle a quemar contenedores. A veces ocurre que descubres algo nuevo, algo que en un primer momento te parece completamente irrelevante, y que, de la noche a la mañana, empiezas a ver por todas partes. Esos cachorros se deslizan en tu lista de Amazon Prime, los niños llevan mochilas con sus caras, hay revistas con pegatinas en los aeropuertos, etc. La pregunta es, ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo podía vivir al margen de eso? Lo pienso ahora, jugando con Valentina, al lado del Castillo de Altafulla, y caigo en que me pasa algo parecido con este pueblo. Uno se siente como si le perteneciera, como si siempre hubieras veraneado aquí.
Lo primero que te atrapa de Altafulla es lo que no hace. No tiene reclamos exagerados, ni intenta encajar a la fuerza en ese molde de «paraíso escondido». Me gustan los lugares así. Son como una canción de Nick Drake; como esa vieja cazadora vaquera que llevas años usando y de la que solo entiendes su valor cuando ya no la tienes.




Este viaje es especial, el primero siendo cuatro. Hemos sido padres otra vez, y aunque lo intentamos disimular, es complicado, sobre todo dentro de un tren de cercanías en pleno Julio. Lo curioso es que, aunque volvemos a empezar de nuevo, parece la cosa más natural del mundo, como si siempre hubiésemos sido cuatro y no tres. Todo cambia, pero de alguna forma, todo sigue igual.
El pueblo se distribuye alrededor de su casco antiguo, donde cada rincón merece una postal, y se extiende hasta el Castillo de Altafulla, que se levanta en lo más alto, y que te recuerda que hubo un tiempo en el que las cosas se hacían para durar, no para impresionar. Entre calle y calle me voy animando más de la cuenta. Todo me gusta más de lo esperado. Me vengo muy arriba, demasiado. Y comprendo que se me ha ido totalmente de las manos frente al escaparate de una inmobiliaria, mirando anuncios y fantaseando con un cambio de vida radical, casi convencido de que mudarme aquí sería la mejor decisión de nuestras vidas.
Y está la playa, claro. Arena dorada, el agua a buena temperatura, lo que esperas. Pero lo que no esperas es la calma. En esta época del año, donde cada rincón del Mediterráneo parece estar a punto de implosionar, encontrar algo así es un triunfo vital. Valentina, que ahora tiene tres años, estaba construyendo su propio castillo de arena, como si fuese una Reina Targaryen. La marea se llevó uno, y lo reconstruyó. Y esta se lo volvió a llevar. Me miró, mosqueada. En ese momento, como padre experto en demoliciones, pensé en cuando debería intervenir, cuando habrá que enseñarle que la vida a veces es eso, castillos que se desmoronan, olas que llegan sin avisar. Decirle la verdad o aplazarla. Esto nadie te lo explica cuando tienes hijos.




William Hutchinson Murray, un alpinista y escritor escocés, escribió que “la providencia llega cuando nos comprometemos con nosotros mismos. De esa decisión surgen todo tipo de sucesos que confabulan a nuestro favor, aunque aparezcan como encuentros casuales; y nace entonces una ayuda material con la que ni siquiera habíamos soñado”.
Murray podría haber afirmado también que el placer de un viaje a Altafulla se debe en menor medida a los encantos de este pueblo mediterráneo que al compromiso de quienes deciden hacer la maleta cargada de ilusiones y pañales. Que la belleza de un atardecer no se mide en colores, sino en las promesas de portarse mejor de Valentina. Que lo verdaderamente inolvidable no son los helados de pistacho, sino la sensación de estar exactamente donde deberías estar, aunque solo dure unos minutos.
Y que la magia de un verano en la costa se encuentra en una familia que se aferra con uñas y dientes a la idea de compartir momentos, incluso cuando uno de ellos acaba de nacer y no recuerda absolutamente nada de lo ocurrido.