Hace unos días leía una entrevista a Harrison Ford en la que le preguntaban qué le gustaría que Dios le dijera al llegar al cielo: «Eres más guapo en persona», contestó. Es exactamente lo que esperarías de alguien como él; el tipo de respuesta que te suelta quien sabe que ya ha ganado sin despeinarse. Y mientras caminamos por Burdeos, pienso que esta ciudad comparte la misma energía que el célebre intérprete.
De repente nos sentimos como si estuviéramos en la versión idealizada de París, esa que uno nunca encuentra cuando viaja allí. Históricamente conocida como la Dama de Aquitania, aquí no te abruma la postal, las colas, el “tienes que ver esto” cada cinco minutos. Es más bien como descubrir que en realidad, Han Solo tiene mucho más carisma que Luke Skywalker.



Esta visita a Burdeos en pareja es nuestro primer momento a solas en tres años. Se dice pronto. Es extraño pensar en todo lo que ha pasado desde que nació Valentina, en plena pandemia; el caos, la emoción, el cansancio, el orgullo por cada avance, las noches interrumpidas. Aquí, en Burdeos, somos simplemente nosotros. No hay horarios, no hay listas de cosas por hacer. Solo caminamos y caminamos, dejándonos llevar, flotando junto al río Garona y las fachadas neoclásicas que, bajo el sol de invierno, parecen hacerse más doradas con cada paso. Sin duda merece la pena descubrir esta ciudad deambulando, sobre todo la parte antigua.
Por algunos barrios, como en el que nos alojamos, te sientes como si hubieras entrado en una versión real de Los Aristogatos. Todo es tan elegante, tan perfectamente ordenado y limpio, que casi esperas que en cualquier momento aparezca una gata con sombrero y foulard, el monumento más importante de Francia después del croissant y la Torre Eiffel.
Se nota que aquí la gente tiene dinero: el tipo que pasea a su perro con una correa que probablemente cuesta más que mi alquiler, o esas boutiques en las que el escaparate es TAN refinado que te preguntas si te cobrarán por simplemente mirar. Es ese tipo de riqueza que parece venir de generaciones atrás, del abuelo que hizo fortuna con el vino y la abuela que todavía recibe invitados para el té en salones con techos de cinco metros de altura.



Para ver y entender Burdeos, hay que tener en cuenta que siempre ha tenido una relación estrecha con el río, ya que conecta la ciudad con el Atlántico, y este ha sido clave para su desarrollo. Esta conexión se aprecia perfectamente desde el Pont de Pierre, en pie desde 1822, mientras uno pasea a lo largo de sus orillas o toma algún crucero fluvial que permite ver toda la ciudad desde otra perspectiva.
En el pasado, los barcos cargados de azúcar de América atracaban en sus orillas, para luego zarpar llenos de barriles de vino bordelés. Hoy, el paisaje ha cambiado, y la ciudad ha dejado de ignorar su río para volcarse hacia él. Los cuatro kilómetros de ribera que recorren el Garona han sido transformados en uno de los paseos más bonitos de toda Francia, que ya es decir.
Al mismo tiempo, parece que han decidido poner un bar de vinos en cada esquina, como si hubiera alguna urgencia en asegurarse de que nadie pase más de tres minutos sin una copa en la mano. Como si se hubiera diseñado bajo la premisa de que vivir sin vino es como escribir sin tinta: una contradicción insoportable. Así que ahí estábamos los dos, rodeados de bares à vins, pero en los que solamente yo podía beber. Ángela, embarazada, lanzaba miradas tan elocuentes como las de Betty Draper mientras yo navegaba entre tintos y rosados con una mezcla de culpa y euforia. En mi defensa alegaré que cuando planifiqué esta escapada, todavía no sabía lo que se venía.


Después, decidimos que lo más francés que podíamos hacer era no comer francés, y nos fuimos a un local vietnamita. El tipo de sitio donde sabes que vas a comer bien, aunque lo más probable es que el olor se te quede impregnado en la ropa durante un par de años. Todo el mundo hablaba a un volumen que sugería que aquí las conversaciones no eran privadas, algo muy extraño en Francia, y la comida llegaba como si hubiéramos activado alguna especie de reto culinario. Quizás fue esa necesidad universal de encontrar un refugio en mitad de lo desconocido, o quizás fue simplemente que ya habíamos alcanzado nuestro límite de queso por día.
Fue Enrique IV el que dijo aquello de »París bien vale una misa» cuando se convirtió al catolicismo para obtener el trono de Francia. Puede que Burdeos también lo valga. Al irnos de aquí, siento que hemos encontrado un rincón donde el tiempo se ralentiza. Aunque puede que solo lo piense porque hacía mucho que no teníamos una pausa. Igual es simplemente eso: cuando llevas tanto tiempo sin parar, el mundo entero parece tan acogedor como el ático de Monica en Friends. Pero lo importante es que, aunque mañana volveremos a la realidad, descubrir Burdeos nos ha dado ese respiro que necesitábamos.
Al fin y al cabo, a veces no se trata de ser más guapo en persona. Se trata de encontrar algo donde, por un rato, todo vuelve a ser como era.