Bangkok, ciudad del pecado

”Un día algo cayó desde el cielo. De pronto, algo que jamás antes había necesitado, pasó a ser de primera necesidad”.

Así comienza Los Dioses deben estar Locos, una de mis películas favoritas de la infancia. La verdad es que por aquel entonces, un bosquimano corriendo en taparrabos por el desierto no era algo que pudieses ver a menudo en la tele, y para mí, no podía existir nada más gracioso que aquello. Años después y con una supuesta madurez ya adquirida, volví a ver la película y, además de reírme tanto como la primera vez, reparé en el trasfondo crítico que había pasado de largo ante mis ojos de niño.

Cuando una botella de Coca Cola llega a manos de una tribu del sur de África, los miembros de ésta, creyendo que es un regalo de los dioses, ven alterada su sencilla vida por sentimientos desconocidos para ellos hasta ese entonces, como la desconfianza, el egoísmo o la envidia. ¿Somos los seres humanos bondadosos por naturaleza y la sociedad nos corrompe? ¿O bien somos malvados por naturaleza y acabaremos haciéndonos daño unos a otros irremediablemente? A pesar de que pueda sorprenderos a los que nos leéis habitualmente, me inclino más hacia la primera opción.

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chinatown noche

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En Tailandia la gente no iba por ahí corriendo en taparrabos -que yo sepa- pero también tengo la impresión de que un día algo vino del cielo y todo cambió. Los aviones fueron el medio y el turismo de masas, su Coca Cola.

Ya hace casi tres semanas que nos fuimos de Bangkok. Inicialmente, estaba preocupado al ver que la ciudad, a primera vista, me recordaba en muchos aspectos a otras ciudades que habíamos visitado antes en el sudeste asiático. La vida gira alrededor de un río, huele como tu habitación de adolescente un domingo, la humedad es tu archienemiga y los pasos de peatón son espacios reservados a los más valientes. ¿He dicho alguna vez que nos encanta Asia? Aunque dicho así cueste creerlo, engancha.

Aunque como decía, a menudo tengo la sensación de estar en el mismo lugar pero con otra gente. Por suerte, como sucede con la mayoría de mis desasosiegos, no tenía motivos para estar inquieto. Bueno, quiero decir, tengo motivos para estar preocupado porque ya estamos en el 2018 y todavía no puedo hacer zapping con el mando debajo de la manta; o porque viendo el actual elenco de líderes mundiales, puedo afirmar con total convencimiento que ya no sé distinguir entre realidad o ficción. Pero me equivocaba al anticipar que Bangkok no sería muy diferente a las demás. 

De entrada, hablemos de comida. En Birmania casi tocamos fondo. El último día, ya en el aeropuerto, desesperado, pedí un postre para hacer tiempo mientras esperábamos el vuelo. Una materia sólida a la que llamaban helado, cuya consistencia se podía equiparar a la de un muro de cemento. Advertí al camarero, que en un correctísimo inglés me confirmó lo que ya sabía: ”está muy frío”. Un tipo perspicaz.

Concluyendo: ya no nos podíamos fiar ni de los postres. Era hora de irse.

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comida callejera bangkok

Las cosas cambiaron sustancialmente al llegar a Tailandia. La comida callejera de Bangkok tiene fama mundial, y lo cierto es que la tiene bien merecida. Puedes comer prácticamente cualquier cosa, y todo está bastante bueno. No hablo de los escorpiones, ranas, gusanos y demás familia. Me refiero a las cosas normales, como el Pad Thai, el Khao Soi o el Curry. Eso sí, has de acostumbrarte a comer con cuchara. Y es que aquí da igual lo que pidas. En Tailandia, la cuchara es a los cubiertos lo que el Imagine de John Lennon a un evento: sirve tanto para un entierro como para una boda.

En cuanto al alojamiento, por vez primera desde que salimos de casa, nos dimos el lujo de pagar un hotel. Uno de los buenos, quiero decir, para celebrar la nochevieja. Con piscina, carta de ginebras y albornoz en la habitación. Incluso había espacio para colocar los elementos básicos de mis pertenencias (mi colección de botellas de cognac francés, un monóculo del siglo XIX, lubricantes de sabores y esa clase de cosas que hacen la vida más llevadera). Ya sabéis, bien está lo que bien acaba.

El resto de la semana estuvimos alojados en Chinatown, en nuestra opinión el mejor lugar de todo Bangkok. Un espacio genuino, alejado de cualquier tendencia, caótico por momentos, vibrante, lleno de mercados locales y callejuelas estrechas donde poder apreciar el modo de vida más tradicional de la ciudad. Mientras los campos de arroz de Sukhumvit han dado paso a los rascacielos, hoteles y centros comerciales lujosos, este barrio ha resistido, convirtiéndose así en la respuesta a aquellos que busquen un cierto exotismo dentro de una ciudad cada día más occidental. Chinatown no está ahí para satisfacer tus necesidades durante unos días, sino las de la gente que lo habita durante todo el año.

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Este fue nuestro capricho de año nuevo. Ser mochilero está bien pero… Bueno, no me cuenten películas

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Así que, con estas premisas, dábamos por sentado que Bangkok sería nuestra ciudad favorita de Asia durante años. Pero a estas alturas ya sabemos que no será el caso. Lamentablemente, casi todo lo demás nos decepcionó. La capital asiática ha sido lastrada por una necesidad contaminante de sacar el mayor beneficio posible del turismo, lo que ha generado una legión de timadores de toda índole, una múltiple oferta de entretenimiento a costa del maltrato animal o una alarmante falta de ética a la hora de preservar su identidad. Pero posiblemente, el lastre principal sea que en sus habitantes ya no queda ni el recuerdo de la afamada hospitalidad tailandesa. No me refiero, claro está, a la amabilidad -extraordinaria- que pagas en un hotel o en un restaurante, sino al trato con el ciudadano de a pie.

Gracias a ellos, el turista medio se ha desengañado al aprender que la publicidad a la hora de viajar es como una fotografía al desnudo de una persona muy atractiva: es alentadora, sugerente y está muy bien para enseñársela a tus amigos, pero al final te das cuenta de que no puede equipararse con la realidad: el tacto, la cercanía y la calidez humana siguen siendo elementos esenciales en cualquier relación, ya sea ésta en una cama o en las calles de alguna ciudad.

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El progresivo aumento de los turistas que llegan cada año es una buenísima nueva para los fabricantes de camisetas falsas, los deshonestos conductores de tuk tuks y las agencias de viaje de Kao San Road. Pero es una mala noticia para nosotros, para vosotros y para quienquiera que venga a descubrir una ciudad famosa en su día por la sonrisa perpetua de sus habitantes. Salvo honrosas excepciones, nunca la verá.

En lo que a nosotros respecta, seguimos necesitando personas, de su abrigo y simpatía, para poder sentirnos a gusto en cualquier ciudad. Eso es lo que hace realmente a un lugar inconfundible, por más absorbente, exótico e inusual que sea.