En la película El Truco Final, dos aspirantes a mago van a ver el famoso show de un anciano y frágil ilusionista. El truco final, le comenta el uno al otro, es todo lo que no se ve: mantenerse en el personaje cuando ya te has bajado del escenario, cuando nadie está mirando. Algo que requiere años de entrega absoluta. Esa devoción es la que conforma tu prestigio. La playa de Cefalú es mi lugar favorito de Sicilia porque transmite algo como eso. Puede parecer un simple pueblo de costa, pero para mí es mucho más.
Cefalú, esa peculiar combinación de playa y villa medieval, fue amor a primera vista cuando llegamos por primera vez hace ya cuatro años. Como toda Sicilia, tiene algo de misterio, de persona a la que nunca acabas de conocer del todo. La isla, por seductora que sea, tiene una belleza decadente. Las primeras impresiones son intensas, pero paradójicas: hermosa y salvaje, anárquica y serena.
Esta vez fue diferente, en parte. El tráfico parecía menos maníaco de lo que recordaba, lo que hacía el viaje más parecido a unas vacaciones de verano y menos a una lucha feroz por la supervivencia. En la playa, las sombrillas y tumbonas se habían reproducido en masa, limitando mucho las zonas libres. Además, era Agosto y había mucha gente, casi demasiada. Pero bajo el calor de Septiembre, esta pequeña ciudad se volvió nuevamente irresistible.



Las mañanas en Italia son intensas; nadie se levanta aletargado, ni siquiera en verano. Pero confieso que me divierte esa locura en la que parecen sentirse cómodos. Caminando por la Via Vittorio Emanuele, me detengo en el lavadero Fiume Cefalino, de la Edad Media. A mi lado, escucho como un padre trata de aleccionar a una de sus hijas: »Las personas caminaban por aquí hace cientos de años y se saludaban, sonreían, curioseaban por saber el uno del otro. Tú y tus hermanos lleváis aquí dos días y no habláis ni entre vosotros; no veis más allá de la pantalla del móvil. Estáis en otra parte, ausentes».
Me vi reflejado momentáneamente en ese padre, reivindicando un mundo que ya no existe. Porque los de mi generación somos un caso peculiar; hemos vivido la mitad de nuestra vida en una sociedad más humana y la otra mitad en una sociedad dominada por los influencers, las redes sociales o el streaming.
Últimamente pienso en qué recordará Valentina de estos años de infancia, y me pregunto si cuando tenga la edad de esa chica ya habrá algún tipo de tecnología que pueda extraer todas las vivencias que hay en su cerebro y almacenarlas en un disco duro. Por si acaso, nos esforzamos por construirle tantos momentos felices como podemos, con la esperanza de que se conviertan en bonitos recuerdos.



¿Y qué recuerdos tenía yo de Cefalú? Hay uno que sobresale: el señor que vendía cocos cantando sin tregua por toda la playa. Las cosas absurdas siempre están sentadas en la primera fila de mi memoria. Al regresar aquí, volvimos a caer en un bucle maravilloso. Desayunábamos dos veces, pasábamos la mañana en la playa, comíamos pasta con le sarde en algún lugar del puerto, dormíamos una siesta infinita y por la noche bebíamos en la piazza del Duomo, como en las películas. Al fin y al cabo qué es Cefalú sino una bellísima película.
Una de las mejores cosas que tiene viajar con niños es que al establecerte mucho tiempo en el mismo sitio te sientes un lugareño más. Tienes tu café favorito, tu rincón en la playa, los camareros te reconocen, vas al supermercado y sabes donde están las cosas. Por el contrario, uno de los mayores inconvenientes es que tienes que limitar notablemente los desplazamientos.
Porque con los niños crees que puedes con todo hasta que empieza la práctica. Después pasa el tiempo y empiezas a recular. Después pasa el tiempo y nada es como era, ni Cefalú, ni tú mismo. Pasa el tiempo y empieza uno que ya no te pertenece, el de la chica del lavadero. Tus músicos favoritos no saben asumirlo, y tú tampoco. Te agarras a las noches de los viernes igual que ellos a las últimas giras. Pero si pensáis que los músicos llevan una vida de excesos, es porque no habéis visto a Valentina quejándose por tener que salir del agua en la playa de Cefalú.



Todo en mi vida está en obras. El piso debajo de mi casa está en obras. Mi oficina está en obras. El Camp Nou está en obras. Se podría decir que mi hija también lo está. A veces me entran ganas de mirar exageradamente para otro lado, como hacen esas cajeras del súper cuando marcas el pin de la tarjeta. Por eso celebro estos momentos. Cefalú es para mí esa playa mental que todos necesitamos. Una ilusión momentánea sacada de una película de magia.
Y, de este viaje, ¿qué recordaremos? Algunos buenos momentos, sin duda. Y las cosas absurdas, claro. Si me acerco mucho a la niña me araña la cara con curiosidad, como esperando que debajo de la piel asome algún juguete.
Seguramente algún día lo consiga.
¡Qué manera tan bella y emocionante de describir Cefalú! Viajo allí en unas semanas y leer tu entrada me ha hecho sentir más ilusión, si cabe, por hacer este viaje. ¿Qué lugares y playas cercanas a Cefalú recomiendas?
¡Un saludo!
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Hola Judith! Gracias, lo primero ☺️ En Cefalú te recomiendo comer sí o sí cualquier tipo de pasta en la terraza de Lo Scoglio Ubriaco, ver cómo cae la noche en la plaza del Duomo y disfrutar de las vistas del pueblo desde el agua, es una postal. Cerca de allí, Palermo es una ciudad a la que volvería siempre, y en Sicilia, el Etna, Ortigia, el mercado del pescado en Catania, Ragusa, Noto y el valle de los templos (por la tarde habrá menos gente y el calor da cierta tregua). Vayas donde vayas acertarás, es un lugar increíble 😍
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