Annapurna. Capítulo dos: ascenso

En ‘Atrapado por su pasado’, el gangster al que da vida Al Pacino asegura: “No cambias con el tiempo, tan solo pierdes fuerzas”. Y en efecto, aunque salí al encuentro del Annapurna confiando en mis escasas probabilidades de éxito, como en los lejanos días de fútbol del domingo, las piernas me obligaban a dosificar los esfuerzos.

Emprendimos nuestro camino ascendiendo suavemente hasta Hile, cruzando arrozales verdes y riachuelos.  A medida que avanzábamos observamos campos de cultivo, cabras pastando y huertos de frutas que jamás habíamos visto. Conocimos además, pueblos muy pequeños, perdidos en la inmensidad de las montañas, donde tuvimos un recibimiento, honestamente, bastante descafeinado. Supongo que hace unos años, antes de que esta ruta fuese tan popular, la gente te recibía con una sonrisa y un té caliente, pero salvo honrosas excepciones, esperar esta clase de hospitalidad hoy en día es tan difícil como que tu madre pronuncie Bershka correctamente. Aunque esto es tan solo mi opinión, y ya sabéis, las opiniones son como los corredores de bolsa en el mercado de valores: son estupendos cuando están de tu lado.

Trekking al campo base del Annapurna
La ruta elegida fue: Nayapul, Hile, Ghorepani, Poonhill, Tadapani, Chomrong, Bamboo, Deurali, MBC, ABC
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A los tres días, nuestra mayor fantasía sexual era un camino suave y completamente llano 

El segundo día, el camino se hizo más empinado. Vaya si lo fue. En el  trayecto hasta Ghorepani subimos más de 3.000 escaleras (hablo en serio). He hecho cientos de cosas estúpidas en mi vida, pero os aseguro que ninguna como esta. A la mañana siguiente, mi desconfianza ante la ruta a seguir era absoluta, como hacia esas personas que le hablan a los días de la semana, en plan ‘’¡adiós martes, bienvenido miércoles!’’ (sigo hablando en serio). Decidimos iniciar el ascenso hasta la colina Poonhill cuando el sol ya brillaba, y acertamos plenamente.

Y es que TODO EL MUNDO suele subir de madrugada para ver amanecer desde allí. A nuestro entender, los amaneceres y atardeceres son el hype absoluto del turismo de hoy en día. Particularmente, no deja de sorprendernos tanta expectación por algo que solamente sucede todos los días. A las seis de la mañana, según nos dijeron en el check point, alrededor de trescientas personas ocupaban la cima. A las ocho de la mañana, éramos cinco allí arriba. Mientras ganábamos altura, tomábamos perspectiva de los bosques y praderas alpinas, hasta que finalmente nos elevamos por encima de las copas de los árboles. Al cabo de una hora, pudimos ver el Himalaya en todo su esplendor.

Una habitación típica de cualquier lodge de montaña
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La cara sur del Annapurna vista desde la colina Poonhill

Durante el cuarto día, después de un descenso bastante pronunciado hasta Chomrong, comencé a funcionar como un cortacésped: o estoy segando la hierba sin compasión o soy un peso muerto que hay que empujar con fuerza para moverlo (lo sé, es una analogía terrible). Pero para mi propia sorpresa y la de todos, el cuerpo me respondía cada vez mejor. Estaba tan oxidado (por favor, que nadie quiera ver referencias al cortacésped en esta metáfora) que, por un lado, tenía que pensar en mis pasos continuamente, pero por otro, estábamos llegando a nuestro destino antes del atardecer. Ángela, por su parte, guardaba un escrupuloso silencio. Cuando esto ocurre, que es casi nunca, conviene extremar las precauciones.

En este punto, caímos en la cuenta de que, a pesar de ser temporada alta, en muchos tramos estábamos completamente solos, con lo cual no nos convenía demasiado que oscureciese mientras cruzábamos algún bosque, y más teniendo en cuenta que nuestros conocimientos de supervivencia son entre escasos y ausentes. En realidad se reducen a dividir nuestras provisiones en dos mitades y a la linterna del móvil.

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Los pueblos se hacen más tibetanos a medida que asciendes, y los lugareños nos dejan dormir en sus casas a cambio de que paguemos nuestra comida. A priori, esto parece un buen negocio, pero en algún poblado nos gastamos en unos noodles el presupuesto anual de Nicaragua. En muchos tramos teníamos una visión extraordinaria del Annapurna y en otros, la niebla era tan densa como cualquier día de invierno en Galicia, lo que impedía ver algo a escasos metros de distancia. Por la noche, cuando reuníamos el valor necesario, salíamos a ver las estrellas. Sí, qué pasa, tipos duros, la vida en la gran ciudad es complicada.

Subiendo a Ghorepani fuimos sorprendidos por una estampida de ovejas
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En algunos pueblos el absentismo escolar está justificado: 635 escaleras hasta la entrada principal

A partir de los 3.200 metros, en Deurali, comenzamos a pasar bastante frío y, aunque llegados a este punto ya nos aburrían los currys vegetales y las sopas de ajo, fueron nuestra salvación en más de una noche. Fue en este momento cuando le pregunté a Ángela por su repentina afición a pedir siempre comidas de temporada (en inglés, seasonal). ‘’Lo pone aquí, en la carta, fíjate. Un plato sensacional (en su inglés particular). Tiene que ser bueno, no van a mentir de esa manera.’’ Pues sí, mentían. Aunque se lo advertí antes de que la cosa pasara a mayores. 

Nota: Ahora que nos encontramos a una altura considerable, es oportuno recordar que únicamente teníamos un saco de dormir. Nuestro plan magistral de audaces exploradores solo aseguraba la supervivencia de uno de los dos, aunque para cuando quieran hacer la película supongo que pasaran por alto este detalle.

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Entramos en Mordor sobre las 13:00 horas, sin anillo y con un frío insultante

Llegamos hasta aquí evitando el temido mal de altura, que más que un trastorno, parece una novela rusa. Habíamos leído tanto acerca de él que, inmediatamente, asociábamos cualquier contratiempo a dicha afección. Estábamos realmente sugestionados. ¿Dolor de cabeza? mal de altura. ¿Tos seca? mal de altura. ¿Cargos por posesión de armas? mal de altura. Y así con todo.

Nos quedaban por delante las dos etapas más duras de todo el trekking. Estábamos haciendo muchos kilómetros diarios, con continuas subidas y bajadas, y no veíamos la hora de llegar. Aunque supongo que uno siempre está completamente preparado para abandonar cualquier situación de confort y salir a por todas ahí fuera (ya sea la cena de Navidad con tus amigos o una cama caliente en la montaña). Vale, admito que algunos no lo están, creo que les llaman personas equilibradas.

Fruto de la insensatez, seguimos ascendiendo.

9 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Madrina dice:

    Chicos, os voy siguiendo y entre lo bien que Javi nos va describiendo y las preciosas fotos me encantaría estar viviendo alguna de vuestras experiencias ,digo alguna ,pues otras ni me atrevería .Javi para publicar un libro y chicos enhorabuena y gracias por compartir vuestras vivencias💋💋💋💋💋💋💋💋💋

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    1. villaverdus dice:

      Muchas gracias a ti por leernos 🙂 Para esta en concreto solo hacen falta dos rodillas y mucha ropa de abrigo, ya sabes 🙂 Un abrazo!

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  2. loli dice:

    mis queridos chicos , es increible veros haciendo tan duro camino , incomparable belleza . aki seguiremos vuestras vivenvias con mucho cariño ….pepe y loli .

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    1. villaverdus dice:

      Hola! No nos lo creemos ni nosotros. Toda la vida a dos pasos del mar y ahora aquí arriba, pintando no sabemos muy bien el qué 🙂 Un beso grande a los dos!

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  3. Sandra dice:

    Buahhhh… es increíbl, yo realme te creo que sería incapaz… porque creo que estaría pensando y después deshacer el camino andado… pero no se os podrá negar que estáis viendo cosas alucinantes y y todo un reto…. un besiño a los dos😘

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    1. villaverdus dice:

      Opino igual. Mi idea inicial Sandra era bajar en helicóptero fingiendo una lesión de tobillo, pero Ángela desbarató mis planes de fuga una vez allí arriba, a traición. Un beso!

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      1. Marila Rial dice:

        Jajaja… Cuidado con las ovejas

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