Taman Negara, la selva más antigua del planeta

Hay algo de especial en llegar a un lugar en barco. Una vez que dejas la carretera, el mundo moderno desaparece a medida que desaparecen las vallas publicitarias, los centros comerciales y las antenas parabólicas. Cuando nuestro barco se aleja de Kuala Tembeling, un pequeño y destartalado puerto, las casas sobre pilotes desaparecen y pronto estamos navegando por el río. Tres horas después, desembarcamos en Taman Negara, la selva más antigua del planeta, y somos recibidos por una criatura parecida a un cerdo que necesita un afeitado urgente.

Julio (estoy convencido de que nuestro guía no se llamaba así, pero no recuerdo su nombre), ve mi expresión y se ríe. “No te preocupes, los tapires son inofensivos. Salen de la jungla y descansan alrededor de los alojamientos del parque, con la esperanza de robar restos de la cafetería”.

Para dos entusiastas de la aventura como nosotros, se está volviendo cada vez más difícil encontrar un lugar “intacto” en el sudeste asiático. Hay demasiadas personas, demasiada demanda sobre el medio ambiente y demasiados cambios tecnológicos para mantener primitivos los lugares primitivos. Pero habíamos leído algunas cosas del Parque Nacional Taman Negara y sus grandes atractivos.

Barco de Kuala Tembeling
El barco que nos llevó a la selva Taman Negara, un canto a la vanguardia
Aventura en la jungla
WELCOME TO THE JUNGLE

Taman Negara, la selva más antigua del planeta, posee una gran biodiversidad. No hay carreteras, y la única forma de verla es haciendo caminatas por los senderos o navegando en barca. Esta selva tropical tiene unos 130 millones de años, lo que significa que mientras en otros lugares del mundo se vivía en la entrañable Edad de Hielo, aquí el clima era prácticamente el mismo que el actual. En estas latitudes crece el árbol más alto del sudeste asiático, el tualung, que da sombra, entre otros, a tigres, elefantes, osos malayos, leopardos y, hasta este mismo 2019, rinocerontes de Sumatra. Aunque a decir verdad, son muy esquivos y rara vez se dejan ver.

Uno de los grandes alicientes en esta selva es recorrer la pasarela colgante sobre las copas de los árboles. Aparenta la misma robustez que un flan de vainilla, pero en realidad es bastante segura. Con más de 500 metros, es la más larga del mundo, y en su punto álgido, llega a los 50 metros sobre el suelo. Con las rodillas temblando y negándome a mirar hacia abajo, comencé el ascenso. Creo que nunca he estado más asustado, sin embargo, me obligué a subir hacia la primera plataforma. Me paré y deambulé por la circunferencia del árbol, a la misma altura que algunos de los monos más negligentes, pensando en la cantidad de estupideces que había hecho en mi vida tanto por tener, como por no tener miedo. En medio de este entorno, me siento completamente insignificante hasta mucho después de tocar tierra firme.

Canopy Walk Taman Negara
No había estado tan asustado desde aquellas vacaciones que pasamos durmiendo en un país sin persianas
Vista del canopy walk
Aquello que se distingue lejos a lo alto, es una de las pasarelas que conforman el Canopy Walk en Taman Negara
Selva Taman Negara
Si encuentras una playa remota en la selva y te bañas en ella te convalidan Primero de Explorador

Durante nuestro segundo día de caminata, selva adentro, los ojos mutantes de Julio distinguen insectos, aves o plantas donde tú no ves nada. También una víbora de color verde lima, enroscada alrededor de una rama a la altura de nuestras rodillas. Aparte de la comida de nuestro lodge, la serpiente es una de las pocas criaturas venenosas que se encuentra por aquí.  Su veneno puede paralizar el sistema nervioso en cuestión de minutos, causando dolor intenso, vómitos, insuficiencia respiratoria e incluso la muerte. Tengo una teoría: cualquier cosa que vaya por la vida arrastrándose todo el tiempo no puede ser muy buena. Serpientes, cocodrilos, lombrices y demás familia, cuanto más lejos, mejor.

A medida que nos adentramos en la selva más antigua del planeta, los intensos aromas florales de Taman Negara dan paso al olor a vapor de la tierra húmeda y la vegetación podrida. Por el camino, Julio también señala qué árboles proporcionan frutos comestibles y cuáles deben evitarse. “Una regla básica”, sugiere. “Si los pájaros y los insectos no comen la fruta caída, tampoco la gente debería hacerlo”. A menudo lleva a grupos de excursionistas a las profundidades de la selva, enseñándoles técnicas de supervivencia. “Si sabes dónde buscar, la jungla cubrirá todas tus necesidades”, dice. No puedo evitar pensar que si me pierdo, a las dos horas ya estaría semidesnudo, herido de gravedad y con barba de seis meses.

Yo ni siquiera distingo donde termina una planta y empieza otra, pero Ángela es diferente. Da la impresión de ser la que más disfrutaba con las clases de ciencia en el colegio. Distingue decenas allá donde va, y se recrea en sus conocimientos. Pero entre toda aquella maleza, encontramos una que escapaba a su juicio, una de las más raras de todo el planeta: la Rafflesia. La flor más grande del mundo lleva el nombre de Stamford Raffles, quien la descubrió para la ciencia occidental mientras dirigía una expedición a la selva tropical de Sumatra en 1818 (aunque se le recuerda especialmente por lo que hizo unos meses más tarde: fundar Singapur). 

Río Taman Negara

Rafflesia selva Malasia
La Rafflesia es lo suficientemente grande como para compartir estantería con los Toblerones de un aeropuerto

Más tarde, Julio lleva agua a una hoja de melastoma antes de limpiarla en una espuma jabonosa. “Este es un antiséptico natural. Si lo frotas en tus brazos, mantendrá alejados a los mosquitos”, aconseja. Lo peor de todo es que funciona, no como el repelente que hemos pagado a precio de plutonio en la farmacia. Finalmente, tras cuatro horas de caminata, llegamos a un río. El cielo es pontevedrés, el calor aplastante, y hay una quietud latente que, como diría Robe Iniesta, calma y ensancha el alma.

El viaje en bote por el río Tahan hace la vuelta más emocionante. Durante 45 minutos, el conductor acelera contra la corriente, esquivando las rocas. El barco llega a una pequeña playa rocosa, rodeada de árboles, a través de la cual se vislumbra un estrecho camino de tierra. Un corto paseo conduce a una cascada, donde hay una piscina natural que ofrece una tentadora oportunidad para darse un baño. Una oportunidad que ambos aprovechamos.

Barco a Taman Negara
Mirábamos al cielo esperando ver helicópteros volar a lo Apocalypse Now mientras sonaba música de Wagner

Perdiendo el norte

En medio de la de vida que coexiste dentro de la jungla, también hay presencia humana. Al atardecer nos detenemos en un asentamiento de los Batek, uno de los pueblos nómadas que aún viven en el Parque Nacional y que se denominan a sí mismos Orang Asli, “gente original” en la lengua malaya. A pesar de los esfuerzos del gobierno por ubicarlos en aldeas estables, muchas de estas comunidades aún siguen sus tradiciones de cazadores-recolectores, y se mudan a un terreno más fértil cada tres o cuatro años.

El sol comienza a ponerse y nosotros también recogemos el equipaje. Es la hora de volver.

8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Horacio Gil dice:

    Aventureros hasta la médula, por tierra, mar (en canoa) y aire (pasarela no apta para vértigos). Muy chula la entrada de esta semana.

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    1. villaverdus dice:

      Indiana Jones hizo mucho daño, Horacio! 😉

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  2. DosViajando dice:

    😮 esto es lo que nos gusta a nosotros 👏👏 aventura, naturaleza y animales 🥰 preciosos paisajes 🥰 una entrada que se sale 👌

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    1. villaverdus dice:

      Aventura, naturaleza, animales y hamacas. Y a vivir 😋 Un abrazo!

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  3. Me das envidia con esta viajera experiencia, Fantástica.

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    1. villaverdus dice:

      Nada como la jungla para sentirse explorador, aunque sea de perfil bajo 🙂 Gracias por pasarte, Manuel!

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      1. Es un placer hacerlo.

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